Siempre Rebeldes

|
Escrito por Radio Nacional Patria Libre

Ratio: 5 / 5

Inicio activadoInicio activadoInicio activadoInicio activadoInicio activado
 

Puede hacer CLIK sobre la imágen y decargar los cuentos en formato pdf

En aquella ciudad todo era extraño, raro e incomprensible. Un sinnúmero de iglesias levantaban al cielo sus cúpulas lucientes y policromas, pero las paredes y las chimeneas de las fábricas eran más altas que los campanarios, y los templos se hallaban envueltos por el tumulto de los edificios industriales perdiendose entre los rectos muros de piedra, como flores fantisticas entre el polvo y la desolación de las ruinas.

Y cuando las campanas de Las iglesias llamaban a la oración, sus broncíneas voces, arrastrándose sobre el hierro de los techos, se perdian apagadas en las calles estrechas, tortuosas y los angostos laberintos de las casas.
Los edificios eran inmensos y algunos, muy pocos, bonitos; las gentes, deformes y mezquinas. De la mañana a la noche, los hombres, como corrientes grises, obscuras y opacas , marchaban agitados por las calles angostas y sucias de la ciudad y con ávidas miradas buscaban unos el pan, otros las diversiones, otros finalmente, parados en las bocacalles, espiaban ansiosos y hostiles el espectáculo de los débiles doblegandose resignados a la voluntad de los fuertes.

Fuertes eran llamados los ricos. Todos creian que sólo el dinero podia dar poder y libertad al hombre. Todos deseaban el poder, porque todos sufrian la esclavitud; el lujo de los ricos hacia nacer la envidia y el odio de los pobres, ninguno conocia música más agradable que el tintineo del oro, y como consecuencia, cada uno era enemigo del otro y la crueldad a todos los dominaba.

Por encima de la ciudad resplandecia alguna vez el sol, pero la vida era siempre tétrica y los hombres semejantes a las sombras. De noche encendian muchas y alegres luces, pero entonces por las calles aparecian mujeres hambrientas vendiendo sus caricias; por todas partes penetraba en la nariz el agudo olor a los manjares y en cualquier sitio se veian brilllar, silenciosos y ávidos, los tristes ojos de los hambrientos. Y por el espacio, lentamente, subia el lamento sofocado de una inmensa, de una tremenda infelicidad, a la que faltaban fuerzas para manifesfarse en alta voz.

Todos vivian fatigados y agitados; todos se sentian culpables; muy pocos estaban seguros de tener razón, pero estos pocos, rudos como bestias, eran los más crueles, los más implacables. . .
Todos querian vivir y ninguno sabia cómo; nadie podia seguir libremente las propias aspiraciones, y a cada paso hacia el porvenir se veia obligado involuntariamente volverse hacia el presente, el cual con manos fuertes y pesadas como las de un ávido monstruo, detenia al hombre en su camino y le envolvia en sus lúbricos abrazos.

El hombre, angustiado y perplejo, se detenia extenuado ante aquella faz fea y monstruosa de la vida. Esta, con sus mil ojos tristes, le miraba en el corazón implorando alguna cosa y entonces se debilitaban en el alma del hombre las imágenes distintas del porvenir, y su lamento de impotencia se perdia en del corazón discordante de los gemidos, de los gritos de todos los infelices, mártires de la vida.

Se notaba en todo momento el fastidio o la agitación o el miedo; y en torno a aquellas gentes, inmóvil, como una prisión, reflejando los vivos rayos del sol, estaba aquella ciudad melancólica y tenebrosa, aquellos grupos , regulares, desagradables, de piedras que rodeaban los templos.
La música de aquella vida no era más que un lamento de dolor, de odio y de colera, un apagado susurro de animosidad encubierta, un grito seco, desgarrador de crueldad, un rechinamiento voluptuoso de violencia.

En medio del triste y vano afanarse entre dolores y desventuras, en la confusa convulsión de la avidez y de la necesidad insatisfechas, en el fango del bajo egoismo, por los subterráneos de las casas, donde vivia aquella miseria que habia creado la riqueza de la ciudad, giraban invisibles soñadores, solitarios llenos de fe en la humanidad, aislados de todos; inquietos ,predicadores de rebelión, chispas sediciosas del lejano fuego de la verdad.

Llevaban consigo a los subterráneos, secretamente, pequeñas semillas, fructiferas siempre, de una doctrina simple, bella y elevada, austeramente, con una brillante luz en los ojos, o dulcemente y con amor, sembrada aquella verdad evidente y deslumbradora en los obscuros pechos de los hombres esclavos, transformados, por la fuerza de los avaros y por la voluntad de los crueles, en instrumentos ciegos y taciturnos de lucro.

Y estos hombres obscuros y esclavos, desconfiados, prestaban oído a la música de las nuevas palabras, música agradable que su corazón invocaba confusamente hacía ya mucho tiempo. Levantaban poco a poco la cabeza, e iban rompiendo las cadenas de las hábiles mentiras con que les tenia oprimidos la violencia de los potentados.
A su vida, llena de animosidad callada y reprimida; a sus corazones, envenenados por innumerables ofensas; a su conciencia, a aquella existencia dificil y triste, llena de amarguras, de humillaciones, de dolores, llegaba una palabra simple y serena :

i Compañero!. . .

La palabra no era nueva para ellos; la habian oido pronunciar alguna vez, pero hasta aquel momento habia tenido un significado vacio, sin calor de humanidad, como todas las palabras conocidas que se pueden olvidar sin sentimiento.
Pero aquella palabra, Clara y fuerte, tenia otro sonido, otra emoción, otra alma; se sentia en ella algo de rudo, de deslumbrador, de poliédrico, tal un brillante. La aceptaron y comenzaron a pronunciarla con cautela y meciéndola con dulzura en el corazón, acariciándola como una madre que arrulla y mece a su hijito en la cuna.

Cuando más profundamente penetraban en el alma serena de la palabra, tanto más serena, significativa y
clara se les aparecía.

-¡Compañero! -decian.

Sentian que esta palabra habia venido a unir a todo el mundo, para realzar a todos los hombres a la altura de la libertad, para ligarlos con nuevos vínculos: vínculos fuertes de estimación recíproca, de estimación y deseo por la libertad del hombre, por la redención.
Cuando esta palabra se grabó en el corazón de los esclavos, éstos empezaron a dejar de serlo, y un día anunciaron a la ciudad y a todas sus actividades otra gran palabra humana :

-¡No quiero!

Entonces la vida se detuvo, porque ellos, los esclavos, son la fuerza que le da movimiento. Se detuvo la corriente de agua, el fuego se apagaba, la ciudad cayó en las tinieblas y los aparentemente fuertes se sintileron niños.
El miedo se apoderó del alma de los violentos y se vieron en la necesidad de cubrir su animosidad contra los rebeldes, inciertos y aterrorizados ante su fuerza, que despertaba. El espectro horrible del hambre se Ilevantó ante ellos, y sus hijos lloraron.
Las casas y los templos, rodeados por las tinieblas, se confundieron en un caos de piedras y de hierro sin alma; un silencio siniestro llenó las calles; la vida se detuvo, porque la fuerza que la hacía desenvolverse se habia conocido a sí misma; el hombre esclavo había encontrado la palabra adecuada, mágica, invencible para expresar su voluntad; se habia libertado de la opresión y habia reconocido su fuerza, fuerza de creador.

Los dias eran dias de angustia para loss poderosos, para aquellos que se creían dueños de la vida. Cada noche valía por mil, tan espesas eran las tinieblas, tan mezquinamente brillaban las luces en la ciudad muerta. Esta ciudad, creada por los siglos, inmenso monstruo que bebía la sangre de los hombres, se presentó entonces ante ellos en su monstruosa nulidad como un mísero amasijo de piedras y de madera. Las ventanas de las casas, frías y tristes, permanecían cerradas, y por las calles caminaban atrevidamente los verdaderos dueños de la vida. También ellos tenían hambre, y más que los otros, pero estaban acostumbrados a ella; los sufrimientos del cuerpo no eran para ellos tan agudos como para los potentados ni apagaban el fuego de su alma. Ardía en ellos la conciencia de su propia fuerza y el presentimiento de la victoria brillaba en sus ojos.

Caminaban por las calles de la ciudad, de aquella prisión melancólica y angosta donde habían vivido despreciados, donde habían vivido ultrajados, y veían la inmensa importancia de su trabajo, el cual les hacia concebir el sagrado derecho que tenían de ser dueños de la vida, de ser sus creadores. Entonces, con energia nueva, con refulgente claridad, se les presentó la palabra capaz de vivificar y unificar:

-¡Compañero!

Resonó entre las mentidas palabras del presente como un anuncio dal porvenir, de una nueva vida abierta a todos igualmente.

-¿Cuándo?- se preguntaron, y comprendieron que esto dependía de su voluntad, porque ellos pueden aproximar la fecha de su libertad, como alejar su llegada.

La prostituta, hasta ayer bestia medio hambrienta, que esperaba con angustia en la obscura calleja la llegada de alguien que se le acercase y comprase sus forzosas caricias por unas cuantas monedas, también oyó aquella palabra, pero, sonriendo, turbada, no se decidía a repetirla. Un hombre de los que hasta entonces no se había encontrado jamás se le acercó, le puso una mano sobre el hombro y le dijo con tono fraternal:

-¡Compañera!

Y ella sonreía tímidamente para no prorrumpir en un llanto de alegría. Porque era la primera vez que su
corazón ultrajado sentía el gozo de una caricia tierna y plena de emoción. En sus ojos, que ayer miraban el mundo descaradamente con la expresión estúpida de un animal hambriento, brilllaron las lágrimas de una primera felicidad pura. Este gozo de la comunión de los abyectos con la gran familia de los trabajadores brillaba por doquiera en las callles de la ciudad, en tanto que, más fríos y más siniestros, lo observaban los túrbidos ojos desde las ventanas cerradas.
El mendigo, al que por alejarlo se le lanzaba una mísera moneda, precio de la compasión de los hartos, oyó también esta palabra, y le pareció la primera limosna capaz de suscitar algo de gratitud en su pobre corazón corroído por la miseria.

El cochero, joven rídiculo, a quien los señores golpeaban en la espalda para que transmitiese el golpe al caballo extenuado, este hombre golpeado tantas veces sobre el empedrado, dijo también al transeúnte, abriendo los labios a una sonrisa franca:

-¿Adónde te llevo, compañero?...

Dijo, aunque con miedo, tiró de las bridas, pronto a escapar, y se puso a mirar al transeúnte, no sabiendo disimular con el rostro, ancho y rojo, la sonrisa jovial y alegre.
El transeúnte le miró con ojos benévolos y respondió, inclinando la cabeza:
-¡Gracias, compañero! Puedo ir a pie, no está lejos.
-¡Oh! iMadre Inmaculada!... -exclamó el cochero reanimado; giró sobre su asiento silbando alegramente y partió riente, satisfecho.

Los hombres caminaban en grupos por las aceras, y entre ellos, como una chispa, se inflamaba cada vez con más frecuencia la gran palabra destinada a unir el mundo :

-¡Compañero!...

Un polizonte de espesos bigotes, pensativo, se acercó con aire de importancia a la multitud que en la esquina de una calle rodeaba a un viejo orador, y después de haber escuchado largo rato su discurso, dijo cohibido, lentamente:
-Están prohibidas 1as reuniones... Separaos..., señores...

Y después de un momento de silencio, miró al suelo y añadió en voz baja:

-¡Compañeros!...

En los rostros de aquellos que llevaban esta palabra en el corazón, que le habían dado carne y sangre y emoción y su alto significado de llamada a la unión , brillaba el sentimiento de orgullo de los jovenes creadores, y se observaba que la fuerza que ellos ponian en esta palabra no podia ser destruida jamás.

Ya se reunian contra ellos turbas grises y ciegas de hombres animados que formaban silenciosas filas regulares; la enemiga de los violentos se preparaba a rechazar las ondas de la justicia.
Y en las calles estrechas, angostas y tortuosas de la inmensa ciudad, entre los muros fríos y silenciosos, erigidos por la mano de creadores desconocidos, crecia cada vez más y se maduraba la gran fe de los hombres en la fraternidad de todos con todos:
-iCompañeros!
Acá y allá se encendía un pequefio fuego llamado a ser una llama que abrasara la tierra con el vívido y férvido sentimiento de la fraternidad de todas las gentes.
Abrasará a toda la tierra y quemará y reducirá a cenizas el oldio y la crueldad que nos deforman: abrasará a todos los corazones y los fundirá en uno solo: el corazón los hombres justos y nobles en una familia indisoluble, libre y trabajadora.

En las calles de la ciudad muerta, creada por esclavos; en aquellas calles donde reinaba la crueldad, nació y creció la fe en el hombre, en su victoria sobre sí mismo y sobre los males del mundo.
Y en el caos confuso de la vida agitada y privada de alegrías, como estrella luminosa, como faro del porvenir, brilló la palabra simple, sencilla, profunda, como el corazón :
-iCompañero!. . .

 

Ranpal, "porque la palabra es vida y salud".

Colombia 27 de agosto 2018.